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Foto: archivo personal Luis Daniel Vega.

La historia detrás de Discos Roxy, un mito del rock en Colombia

Por: Luis Daniel Vega

Cuando hablamos de sellos independientes, hacemos referencia a prácticas discográficas autónomas que se abstraen de la jerarquías corporativas y estéticas de las grandes compañías. En la historia del rock bogotano encontramos algunos ejemplos: el último disco de Los Speakers fue publicado en 1968 por Kris; Los Flippers editaron un par de sencillos y un elepé con La Bruja y Delfín; Siglo Cero prensó su única grabación con Zodiaco y Luis Fernando Castellanos –el hijo de Doña Berta, la dueña de la tienda Disco Club- patrocinó un par de sencillos de Malanga y Miguel Muñoz con su efímera empresa fonográfica llamada Monserrat. Ya en la década de los noventa, la cuota de sellos marginales se duplicó dejando en la memoria catálogos efímeros e insólitos como el de Discos Roxy.

Si hilamos fino, tenemos que remontarnos a 1976 cuando Eduardo Arias y Karl Troller le dieron forma a El Irregulárico, una atrevida idea editorial de Troller que con el tiempo se convirtió en una revista. Creada en medio del estatuto de seguridad decretado por Julio César Turbay, Chapinero –como le llamaron al magazín- fue una apuesta de humor político que en 15 números temáticos abordó con mordacidad desde la represión militar (Chapinero Requisado) hasta las elecciones del 82 (Chapinero Clientelista). Los formatos de la revista fueron diversos: comic, fotonovela, parodias de otras revistas como Cromos, tabloide y una edición especial que venía con disco incorporado. 

En este último nació la Orquesta Sinfónica de Chapinero y, de paso, Discos Roxy. Si bien Arias insiste que se trata de una soberana mamadera de gallo, el cuño definió los intereses particulares de unos músicos desencantados que se burlaban de sí mismos y miraban con desconfianza la moda pasajera del rock en español.

Solo bastaron tres discos para que alrededor de Roxy se creara una mitología.

Orquesta Sinfónica de Chapinero – ‘Gaitanista’ (1990)

El debut de la Orquesta Sinfónica de Chapinero (OSC) se grabó entre diciembre de 1989 y enero de 1990. ‘Gaitanista’ fue una colaboración en conjunto entre la OSC y Hotel Regina, dos bandas imaginarias que, al igual que la portada que acompañó la edición, eran un homenaje sardónico a los Beatles y la Banda de los Corazones Solitarios. De la misma manera, el título alude a ‘Sandinista’, el disco de The Clash.

Enmarcado bajo una atmósfera que ironizaba con crudeza al house (estilo de música electrónica muy popular por esos años), el disco contiene canciones que se mofan con finura del arribismo intelectual criollo y el Concierto de Conciertos. También hubo espacio para la ficción irónica (“Cuando Bogotá tenía Metro”) y piezas experimentales como “Revolution No 9 de abril”, un paisaje sonoro inolvidable que recorre con agudeza buena parte de la historia colombiana desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán hasta el glorioso ascenso de Lucho Herrera a los Lagos de Covadonga.

Lo curioso del asunto es que esta “comedia industrial pop abstracta”, como la han llamado, es una versión absurda de ‘Revolution 9’, el polémico collage sonoro que John Lennon incluyó en el Álbum Blanco de los Beatles.

Se publicó originalmente en vinilo en 1990 y tuvo una reedición en CD siete años más tarde por cuenta del sello MTM. Las dos versiones son objetos muy preciados por los coleccionistas y han alcanzado un valor astronómico en el mercado negro. Así es que, si usted ve una por ahí, no lo dude, hágase a un ejemplar.

Los Necro Nerds – ‘Jupiterino’ (1990)

“Los Necro Nerds fueron un germen nocivo pero tierno”, dice el periodista Pepe Plata acerca de esta banda bogotana que a pesar de su corta vida dejó para la posteridad un valioso documento sonoro que ha brillado por su ausencia en la memoria reciente del rock colombiano. Anárquicos y nihilistas, Simone Balmer, Gabriel Madero, Fernando Muñoz y Gonzalo de Sagarmínaga -los cuatro integrantes de la banda- reaccionaron ante el orden pop de Pasaporte y Compañía Ilimitada a través de un estilo muy personal que combinaba intuitivamente post-punk, new wave y referencias a la novela gráfica y al cómic estilo  Michael Manning.

Inmersos en una suerte de vanguardismo descarado y virulento, descabezaron todo lo que se les puso en frente y ni siquiera ellos mismos salieron intactos de la brutal diatriba. De eso dan cuenta las doce canciones que integran Jupiterino, un elepé desvergonzado que solo tenía cabida en un catálogo como el de Discos Roxy.

Así las cosas, se burlaron de la arrogancia elitista de la intelectualidad colombiana con ‘Gafas lentas’ y ‘Detesto el new wave’, retrataron con desazón la resaca culposa de los placeres de la cocaína en ‘París’ y retaron a la moral pacata con ‘Sexto mandamiento’, una invitación lúbrica adornada con un poema de León de Greiff.

De su corta vida pública no quedan registros visuales, salvo la siniestra portada que les hace un guiño sarcástico a las rúbricas enrevesadas de las bandas de metal. En el recuerdo de algunos quedan sus fugaces presentaciones en Metro y Nix.

Hora Local – ‘Orden Público’ (1991)

A Hora Local le tocó vivir una época empotrada entre el narcoterrorismo, la Constitución Política de 1991, el éxito de Carlos Vives, la sombra amarga del paramilitarismo emergente y la muerte prematura del rock en español. Lo que en un principio fue un trío llamado Box Dei, se convirtió en Hora Local por allá en 1987 cuando a Ricardo Jaramillo, Pedro Roda y Luis Uriza se le sumaron Carlos Mojica y Eduardo Arias y, posteriormente, Fernando Muñoz, Andrés Rojas, Gonzalo de Sagarmínaga y Nicolás Uribe.

Al igual que Necro Nerds, su centro de operaciones fueron los bares Metro y Nix. A pesar de moverse en circuitos subterráneos, sorpresivamente ganaron popularidad siendo invitados a programas de televisión como El Show de las Estrellas y Espectaculares JES.

Luego del sencillo ‘El rock no te necesita/ Matanza en el bar’ -que les valió ser inmortalizados en las calles bogotanas con un grafiti que rezaba “Hora Local: el rock no los necesita”)- en 1991, bajo la producción de José Luis Moure, bajista de Los Toreros Muertos, apareció ‘Orden Público’, un elepé de letras cáusticas y surrealistas, matizadas por una notable influencia de la “movida madrileña”, el post-punk norteamericano y el new wave británico.

‘Orden Público’ es un clásico del rock bogotano que contiene en sus microsurcos la fantasía onírica de una chica que se suicida en el baño de un avión, visiones apocalípticas de un mundo al borde del caos ambiental, afrentas a las instituciones y el crudo diagnóstico de nuestra clase dirigente. Aunque fueron creadas hace treinta años, las canciones de este disco aún no han envejecido.