En el barrio El Jardín, las calles también cuentan una historia. Hace más de una década, cuando las primeras familias llegaron a este sector de Puerto Leguizamo, caminar por ellas significaba atravesar el barro para llegar al colegio. No había agua ni energía. Había, en cambio, familias buscando un lugar donde vivir y la esperanza de encontrar una oportunidad para comenzar de nuevo.
Diana Paola Chimbo Manullama, habitante del barrio recuerda con claridad, era una niña cuando llegó junto a su papá. El lugar todavía era un terreno con algunas casas levantadas con lona y plástico.
“La primera vez que llegué acá al barrio El Jardín en el 2010, era prácticamente una chuquía, de greda, barro y prácticamente un pastal (..) salíamos a estudiar así en el barro con los zapatos puesto bolsa o si no pues nos colocábamos el zapato por allá y llevamos agüita para lavarnos los pies”, recuerda.
Hoy, cuando mira el lugar donde creció, Diana encuentra un barrio muy distinto al que conoció.
“Hasta ahora ha cambiado muchísimo. Tenemos calle, casa, desagüe, luz, agua y eso para mí es un orgullo. Yo estoy mirando ahorita y me sorprendo de todo esto, pues el barrio es totalmente diferente a lo que era”, cuenta.
Para Diana, esa transformación también tiene un significado especial: su familia logró tener un techo propio.
Pero los cambios que hoy observa desde la puerta de su casa no ocurrieron de manera espontánea. Detrás de ellos hay años de organización comunitaria, gestiones, reuniones y mingas, un trabajo colectivo que se ha convertido en una de las principales fortalezas de los habitantes del barrio El Jardín.
El Jardín, un barrio que nació de la necesidad
La historia del barrio El Jardín está marcada por familias que llegaron buscado una oportunidad. Muchas de ellas eran mujeres cabeza de familia y personas desplazadas de la violencia.
Saira Melo Coquinche, actual presidenta de la Junta de Acción Comunal, tenía alrededor de 8 años cuando llegó con su madre y sus seis hermanos.
“Cuando mi mamá llegó, el barrio era una invasión creada por mujeres, personas desplazadas y en su mayoría madres cabezas de hogar. Ellas hicieron la invasión del barrio el jardín el 11 de marzo de 2011. Nosotros llegamos, con mi mamá y mis siete hermanos, a vivir en la invasión cuando yo tenía ocho años”, recuerda.
Hoy, con 23 años, Saira está al frente de la junta de acción comunal como presidenta. Habla de la comunidad, de sus necesidades y de los sueños que ahora son su responsabilidad.
“Ahora que he tenido la oportunidad de ser la presidenta del barrio, pues, aunque tengo poca edad, estoy tratando de hacerlo mejor por la comunidad, siguiendo el ejemplo de don Orlando Marín, que ha sido un presidente muy magnífico que ha tenido nuestra comunidad”.

Una comunidad que decidió quedarse
Orlando Marin fue uno de los líderes que acompaño buena parte de ese proceso inicial. Recuerda que, al comienzo, las familias incluso enfrentaron la posibilidad de ser desalojadas.
“Vino el inspector, vino la policía y teníamos que desalojar el sitio porque no nos permitían. De todas formas, seguimos persistiendo”.
Pese a las dificultades, la comunidad no desistió de su propósito de encontrar un lugar donde establecerse. Entre 2012 y 2013, las familias avanzaron en un proceso de reubicación que marcó una nueva etapa en la consolidación del barrio. Paralelamente, con apoyo institucional, comenzaron a fortalecer su organización comunitaria mediante la formalización de la Junta de Acción Comunal.
“Luchamos tanto y persistimos hasta que lo logramos. Ya contamos con las escrituras de nuestras casas y toda la documentación, explica Orlando.
Para las 100 familias, la legalización de sus viviendas no representa solamente la seguridad jurídica de contar con documentos que acrediten su propiedad. También abre nuevas posibilidades para gestionar proyectos y buscar recursos destinados al mejoramiento de sus hogares.
“Tenemos que estar organizados para dar un cambio en lo personal, un cambio en lo asociativo y un cambio en lo institucional. A medida que vamos dando esa nota musical, llega nuestro sueño, que es un mejoramiento de vivienda, porque tenemos vulnerabilidad en ese caso”, señala Orlando.
El humedal la Taricaya, el sueño ambiental
El lugar se ha convertido en una prioridad para los habitantes y en un símbolo de la capacidad de la organización del barrio. Sin embargo, las aguas residuales siguen siendo un obstáculo para su recuperación.
Elaine Ruiz, coordinadora local del programa Amazonía Sostenible de la Pastoral Social Puerto Leguízamo-Solano, quien ha acompañado el proceso desde sus inicios, destaca que la comunidad también proyectó el futuro del barrio.
“Ellos soñaron con convertir este barrio en un barrio ecoturístico, pero también soñaron con el tema de la seguridad alimentaria, a través de las huertas caseras, proceso que hemos acompañado desde la articulación con la institucionalidad”.
El acompañamiento incluyó procesos de formación, fortalecimiento comunitario, acciones relacionadas con la recuperación del humedal y la construcción del documento del plan de desarrollo comunitario. Este documento permite identificar las necesidades del barrio y trazar una ruta para que sus habitantes gestionen soluciones ante las instituciones.
Para Saira, La Taricaya representa una responsabilidad que debe continuar en manos de las nuevas generaciones: “Mi tema es el humedal, porque siempre he querido estudiar Ingeniería Ambiental como para proteger estas cosas, darle más participación a los jóvenes que debemos proteger nuestro humedal. Los niños de nuestra comunidad, en las mingas, son los primeros que están queriendo ayudar”

Un barrio que todavía tiene sueños
El coordinador municipal de las Juntas de Acción Comunal de Leguízamo, Arnulfo Tusarma, considera que el barrio El Jardín representa un proceso significativo de organización social y resiliencia, construido a través de su plan de desarrollo comunitario.
“El barrio El Jardín es como un ejemplo de construcción de una política comunitaria y empieza a generar un proceso de reivindicación de los derechos de un barrio que se conforma en una invasión”.
El proceso, explica, incluye líneas de acción relacionadas con la capacitación de la Junta De Acción Comunal, la capacitación de sus integrantes y la generación de iniciativas productivas, de asociatividad y organización. Una apuesta colectiva que, con el paso del tiempo, le ha permitido a la comunidad proyectarse.
Pero El Jardín todavía tiene necesidades. El mejoramiento de las viviendas continúa siendo un sueño para muchas familias. La recuperación del humedal enfrenta dificultades y la comunidad sigue buscando alternativas para mejorar sus condiciones de vida.
“De todas formas seguimos persistiendo y las cosas se van dando”, son las palabras de don Orlando Marín que resumen más de una década de historia en las que detrás de cada avance, ha estado una comunidad que decidió organizarse y seguir trabajando por su territorio.