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El hilo de agua y barro: El viaje del río Saldaña por los cuerpos y los arrozales del Tolima

El trazo invisible: Cuando la academia abraza el barro
Ingrid Lorena Jimenez Diaz

La historia de esta transformación comenzó con un trazo en el mapa, una línea invisible pero firme que unió los escritorios de la academia internacional con el barro de los caminos comunales. Cuando la Universidad de Greenwich estrechó la mano de la Corporación CIASE —una organización feminista mixta, sui géneris en su forma de entrelazar las identidades y empeñada en fundar democracias radicales y paces duraderas—, el propósito no fue contar hectáreas ni promediar ganancias, sino auscultar el mapa vivo de la existencia rural.

A este viaje se sumó RESPIRA Colombia, trayendo consigo el silencio atento de la Atención Plena (Mindfulness). De esa juntanza nació “Golpeando el Suelo”, una iniciativa que llegó al municipio de Saldaña para sembrar una sospecha: que el territorio no se mide en kilómetros, sino en la piel de quienes lo caminan. Allí, donde el grano verde marca el compás de los días, la investigación se despojó de sus carpetas y se volvió cuerpo.


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Acostadas sobre la tierra, sintiendo el latido del suelo en sus propios huesos, o flotando juntas en el agua de una piscina, las mujeres de Saldaña convirtieron el espacio en un ritual somático; una experiencia que subvirtió las metodologías tradicionales para abrirle paso a una ciencia propia, construida desde los cimientos de la Investigación-Acción Participativa (IAP). Fue en ese desaprender donde aprendieron a descifrar cómo el sistema agroalimentario escribe sus violencias en la carne, hilando una memoria colectiva que dejó de ser silenciosa. En sus manos, el sombrero que día a día las resguarda del sol fue intervenido minuciosamente para convertirse en un símbolo político de resistencia; mientras que el grano de arroz que pesa en la palma y la unión de las manos quedaron grabados en la memoria común, no como simples objetos del paisaje, sino como los pilares de una dignidad rescatada.

La memoria del grano: Cicatrices en el paraíso verde

En Saldaña el arroz no es una mercancía que se acomoda en los estantes; es la sangre de la tierra, es historia, sustento y, sobre todo, una memoria que a veces pesa. En medio de esos campos que sostienen la economía local como un tapiz verde y dorado, un grupo de mujeres decidió, por primera vez, detener el segundero de la rutina. Se juntaron para mirarse a los ojos, para escucharse en el refugio de la vereda y para nombrar con palabras nuevas lo que durante generaciones había sido un secreto a voces.

La jornada inauguró sus mañanas con una ceremonia de armonización, un aceite aromático que no era un adorno, sino la llave para abrir un proceso que echa raíces en la anatomía. Como lo explica Paula, una de las facilitadoras de este tejido, el cuerpo es un archivo implacable: “Lo somático es la memoria que

tenemos. Y Saldaña tiene una memoria en su cuerpo que es la del arroz”. Es una memoria hecha de madrugadas frías, de jornadas extenuantes bajo un sol de plomo, de manos agrietadas que siembran, deshierban, cosechan y sostienen los techos de hogares enteros.

Pero detrás de la postal del campo idílico, esa memoria está surcada por cicatrices invisibles, por desigualdades tan antiguas que terminaron confundiéndose con el paisaje. “Lo más importante es poder reconocer las violencias como violencias”, insiste Paula, desarmando la costumbre de un territorio donde las mujeres crecieron creyendo que era ley natural trabajar el doble, recibir la mitad o cargar con silencios que nadie más estaba dispuesto a llevar.

El reverso de la trama: Desigualdades por los surcos del arroz

Escuchando los testimonios de las mujeres, la investigadora Diana López Castañeda ha ido recogiendo los fragmentos de estos mapas de vida. Desde su rol como directora de Golpeando el Suelo, se propuso desarmar los engranajes del sistema agroalimentario local para entender exactamente dónde se quiebra la balanza y dónde se instalan las inequidades. Lo que la investigación halló al entrar a sus memorias y a las parcelas desbordó las categorías de los manuales.

“No se trata solo de la violencia intrafamiliar o de pareja”, advierte Diana con la certeza de quien ha visto el reverso de la trama; “también hay desigualdades estructurales dentro del sistema productivo que hacen que las mujeres tengan que trabajar más y en condiciones más difíciles”. Los relatos comenzaron a encajar como piezas de un rompecabezas oscuro: mujeres que defienden solas un retazo de tierra sin mucho respaldo económico o que, tras dejar la juventud en los surcos de la economía familiar, son expulsadas al desamparo cuando la unión de pareja se rompe, quedando con las ganas de sacar adelante a sus hijos como única herramienta de supervivencia.

Son las que asumen las labores más duras del cultivo, descalzas sobre el lodo, sin que medie un contrato, un salario digno o una garantía laboral. El arroz, que en las mesas citadinas es solo el almuerzo del día, es para ellas una maquinaria monumental regida por dinámicas y precios globales que se deciden en oficinas extranjeras, un escenario hostil donde competir sin capital ni tecnología es una batalla perdida de antemano.

Río arriba: El veneno pesado que arrastra la corriente

Esta fragilidad que muerde la vida de las mujeres de Saldaña se vuelve aún más profunda cuando se sigue el trayecto del agua, ese hilo líquido que conecta sus dolores cotidianos con un panorama de violencias ambientales que baja turbio desde las montañas del sur. Saldaña ostenta el título del "Corazón Arrocero de Colombia", una despensa que bombea entre 70.000 y 90.000 toneladas anuales de arroz paddy para alimentar las mesas del país. Pero para que esa maquinaria verde funcione, para que los canales de riego inunden los campos y hagan brotar el cereal, se necesita el agua del río Saldaña. Y es

precisamente río arriba, en las geografías de Planadas, Ataco y Coyaima, donde el cauce está siendo apuñalado por una violencia de carácter sui géneris, donde la codicia por el oro destruye la soberanía del alimento.

La minería ilegal, armada con el rugido de las retroexcavadoras y el goteo silencioso del mercurio, ha devastado la cuenca. La herida ambiental es una sangría: un solo gramo de este metal pesado tiene la capacidad de envenenar 600.000 litros de agua, alterando el lecho del río, enturbiando el agua potable de las comunidades y desolando más de 200 hectáreas de bosques ribereños que antes custodiaban las orillas de Ataco.

El veneno químico que desciende por la corriente viaja escoltado por la descomposición social. La codicia industrial instaló sus frentes de extracción a lo largo de 15 kilómetros de río, sembrando la cuenca de campamentos improvisados y cráteres de agua estancada y muerta. Según los registros de las autoridades regionales, entre 2024 y los primeros meses de 2026, una marea humana de cerca de 5.000 personas foráneas inundó Ataco, un pueblo acostumbrado a la quietud de sus 16.000 habitantes. Esa bonanza minera no trajo riqueza; trajo el estruendo río abajo, enfermedades y miedo.

Los jóvenes del campo abandonaron las escuelas y los azadones, encandilados por la promesa del dinero rápido, quebrando el relevo generacional de la agricultura y dejando a las mujeres solas al frente de los cultivos, resistiendo en un entorno cada vez más hostil. Al final del trayecto, esta degradación termina alterando de forma directa la vida de la población del municipio de Saldaña, cuyos habitantes se abastecen y dependen enteramente de esta principal fuente hídrica.

Cuerpos vulnerados: La infancia y el castigo de los agroquímicos

Cuando esa agua herida llega por fin a los canales de Saldaña, se encuentra con la segunda estación de esta violencia silenciosa: la agresión química de los agrotóxicos. El modelo agroindustrial del arroz, empeñado en la productividad a cualquier costo, satura los campos de plaguicidas y pesticidas químicos. Estas sustancias no se quedan en la hoja; se evaporan en el aire que respiran las familias y se filtran en los acuíferos subterráneos, cayendo con todo su peso sobre los cuerpos más indefensos de la vereda: la infancia.

La ciencia médica coincide en que los órganos en pleno desarrollo de los niños atraviesan "períodos de gran vulnerabilidad", ventanas de tiempo donde el contacto con estos agroquímicos causa daños neurológicos devastadores e irreversibles. El veneno se traduce entonces en dificultades severas de aprendizaje, trastornos de conducta y afectaciones emocionales profundas. En Saldaña, el dolor tiene número: 400 niños y niñas viven hoy con una o más discapacidades del desarrollo, una cifra que representa el 2,3% de la población total del municipio. Es un grito silencioso que resuena en las altas cortes del país, donde las sentencias judiciales exigen detener la fumigación indiscriminada para proteger las fuentes de agua y salvaguardar los derechos fundamentales de una infancia que está pagando con su mente y su cuerpo el precio del plato de arroz.

Sembrar la red: Una trinchera de ternura y resistencia

Al final del recorrido, todas las violencias que bajan por el río y brotan de la tierra confluyen en un mismo puerto: los derechos reproductivos y la salud de las mujeres arroceras. Son sus cuerpos los que asumen el desgaste físico de cuidar a los hijos cuyas mentes fueron alcanzadas por los agroquímicos; son sus manos las que se sumergen en los canales impregnados de mercurio y pesticidas para asegurar la supervivencia de la economía familiar, viendo cómo se alteran sus ciclos biológicos, su salud reproductiva y sus propios proyectos de vida.

Por eso, frente a este laberinto de opresiones cruzadas, el reencuentro somático de Golpeando el Suelo no fue una simple reunión, sino el nacimiento de una trinchera de ternura y resistencia. Alrededor del agua limpia de la piscina o sintiendo la firmeza de la tierra, las mujeres comenzaron a tejer lo que el miedo había mantenido desunido: una red comunitaria. Un territorio seguro donde vaciar los dolores sin el juicio ajeno y donde comprender, finalmente, que sus tragedias cotidianas no son desdichas individuales, sino las consecuencias de un sistema estructural que las precariza.

“Esto tiene que empezar por algún lado”, repite Paula como un mantra necesario. Y ese “algún lado” es la palabra dicha en voz alta, el suspiro que encuentra amparo en el oído de la vecina. En Saldaña, donde el agua une la codicia de la mina con el rigor del monocultivo, estas mujeres están sembrando una semilla distinta. No se pesa en bultos ni se cotiza en las bolsas de valores, pero tiene la fuerza para subvertir el orden de las cosas desde la raíz. Porque antes de cambiar las reglas del arroz, han decidido cambiar la forma de habitar el mundo.

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