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En medio del riesgo sísmico latente, surgen aprendizajes en prevención y atención de desastres: recordando los eventos de Popayán y Armenia
Sismo de 1983, con epicentro en Popayán, Cauca. Imagen tomada del Servicio Geológico Colombiano.

En medio del riesgo sísmico latente, surgen aprendizajes en prevención y atención de desastres: recordando los eventos de Popayán y Armenia

En Colombia, existen registros históricos y evidencias geológicas de al menos cinco terremotos. Además, en el país se presentan permanentemente múltiples sismos de variable nivel de intensidad.

La ubicación geográfica de Colombia es privilegiada por estar en zona ecuatorial y en el vértice del continente americano, lo que le permite tener variedad de climas cálidos, un relieve exuberante y tierras fértiles, productivas durante todo el año.  

Sin embargo, esta ubicación es también la razón por la que el riesgo sísmico del país es alto, ya que se encuentra en el punto de convergencia de las placas tectónicas suramericana, de nazca y del caribe.

Esto explica que sucedan recurrentemente eventos sísmicos, algunos de los cuales tienen una significativa intensidad y consecuencias. Dos de estos hechos que se destacan en la historia del país son los sismos de Popayán y de Armenia (Eje Cafetero), los cuales están siendo recordados por la opinión pública, tras el reciente terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar (Chocó), que se sintió en todo el país (y que ha sido el más intenso en los últimos cien años).

Estos son los hechos más relevantes que hacen parte de la memoria de estos dos eventos catastróficos.

Sismo de 1983 en Popayán

A las 8:13 de la mañana, el Jueves Santo, 31 de marzo de 1983, en la ciudad de Popayán se presentó un temblor de magnitud 5,5. Por su intensidad, este sismo tuvo graves consecuencias para la capital caucana y sus alrededores.

Este movimiento sísmico fue destructivo debido a que además de su intensidad, tuvo a la ciudad como epicentro y se presentó a una baja profundidad, la cual ha sido estimada entre 12 y 15 kilómetros hacia el interior de la tierra.

Se considera que su letalidad pudo ser mayor, pero la corta duración, de 18 segundos, contribuyó a evitar peores efectos devastadores.

El balance de víctimas mortales fue de 287 personas, y los heridos superaron los 1500 casos. Se estiman entre 12 mil y 15 mil damnificados, tanto en la zona urbana, como en la rural, y en los municipios aledaños.

Timbío, población cercana a Popayán, también sufrió importantes daños y tuvo algunas víctimas mortales. Otros de los municipios afectados fueron Cajibío, Zarzal y Santa Rosa.

Los daños materiales se presentaron en más de doce mil edificaciones: la cuarta parte se derrumbó y la mitad tuvo daños considerables en más del 50% de la construcción.

Esto sucedió en diferentes estructuras, entre las que se encontraban bienes patrimoniales del periodo colonial y la Catedral, de la que se desprendió la cúpula, lo que fue causa del 25% de los fallecidos, pues la hora y día del sismo coincidió con la presencia de muchas personas reunidas en el lugar.

Se dañaron también las instalaciones del cementerio local, incluidas bóvedas, la casa de la alcaldía y el aeropuerto Guillermo León Valencia de la ciudad. Las acciones de reconstrucción requirieron de 5 años de trabajos, aunque se decidió que algunas edificaciones fueran demolidas (el 5% aproximadamente).

Sin embargo, las casas coloniales que se cayeron y que estaban construidas en caña y adobe no fueron reconstruidas de esta forma, ya que a pesar de ser materiales tradicionales, son más vulnerables ante los temblores y terremotos, siendo inconvenientes para la zona en la que se presenta un riesgo sísmico mayor que en el resto del país. Estas construcciones tenían entre 400 y 450 años al momento de la tragedia.

Como resultado de esta experiencia, el país comenzó a desarrollar e implementar nuevas normas sismorresistentes para edificaciones (en 1984 se publicó el Código Colombiano de Construcciones Sismorresistentes) y sobre todo, a adelantar estrategias de gestión de riesgo de desastres, dando particular importancia a los relacionados con los eventos telúricos.

Sismo de 1999 en Armenia

El Sismo de Armenia, también se conoce con el nombre de Terremoto del Eje Cafetero y sucedió el 25 de enero de 1999, a la una y 19 minutos de la tarde.


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Este movimiento sísmico tuvo una magnitud de 6,1 en la escala de Ritcher, la cual está especialmente diseñada para evaluar el grado de intensidad de los movimientos de La Tierra.

La profundidad de este sismo fue de 17 a 22 kilómetros y su epicentro fue en la zona montañosa del municipio de Córdoba, en Quindío. La duración fue de 28 segundos, por lo que al igual que en el caso payanés, este tiempo evitó que la tragedia fuera todavía mucho mayor.

Epicentro es el término para nombrar el punto exacto, centro o foco en el que sucede el movimiento telúrico en la superficie del planeta, y está sobre el lugar, también exacto, en que se rompen las estructuras o chocan las partes al interior, en la profundidad, de la Tierra, liberando la energía que genera tal movimiento.

Algo que dificultó las labores de gestión de desastres fue que varias instalaciones de las instituciones públicas se vieron destruidas o averiadas: dependencias de la Policía Nacional, estación de bomberos, edificaciones del ICBF, de Medicina Legal y de la Defensa Civil, además de múltiples construcciones residenciales y de servicios, como oficinas bancarias y comerciales, hogares de adulto mayor, colegios e infraestructuras culturales y deportivas.

Aunque no se cayeron con el terremoto, los edificios de la alcaldía, de la asamblea departamental del Quindío, del concejo municipal de Armenia, la Universidad del Quindío, la cárcel municipal y el aeropuerto tuvieron que ser demolidos posteriormente, a causa de los daños que sufrieron.

Se estima que la cantidad de edificaciones derrumbadas por el terremoto y luego, porque no había posibilidad de reconstrucción, fueron más de 13 mil. Además, se estima en cera de 8 mil las fincas cafeteras con diferentes tipos de daño que tuvieron que ser demolidas.

Los daños se registraron en 28 municipios de los departamentos de Quindío, Ridaralda, Valle del Cauca, Caldas y Tolima. Entre los más afectados, además de Armenia, se encontraron Pereira, Córdoba, Calarcá, La Tebaida, Circasia, Pijao, Salento, Montenegro y Filandia.

Las víctimas mortales se dieron tanto por el terremoto principal, como por una réplica sucedida aproximadamente 4:30 horas después. El total de personas fallecidas se estima en 1.185 (82% en Armenia) y los heridos en más de 8.500 (63% en Armenia). Las viviendas afectadas (algunas dentro de una única edificación) estuvieron alrededor de 36.000 (58% en Armenia). Las pérdidas materiales se calcularon en alrededor de 2,7 billones de pesos.

Para la reconstrucción se creó el Fondo Para la Reconstrucción del Eje Cafetero, FORECAFE, también conocido como FOREC y al momento, se considera que el proceso fue totalmente completado en el año 2002, cuando se decretó su liquidación, sin embargo, como en el caso de Popayán, algunas edificaciones históricas y patrimoniales no volvieron a ser como antes.

La tristeza permanece, pero no frena la resiliencia

Los eventos catastróficos marcan las vidas de las comunidades, y su memoria se extiende por toda la geografía nacional, siendo hitos históricos, aunque se deriven de hechos negativos. Estas experiencias nunca desaparecen de la vida nacional, a modo de nostalgia, pero incluso también, en forma de experiencia, aprendizaje y resiliencia.

El recuerdo de tragedias como la de Armero en 1985, Villatina en 1987 y Mocoa en 2017 están siempre presentes entre los colombianos, que han fortalecido su solidaridad ante este tipo de hechos.


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De igual modo, las experiencias de catástrofes naturales ha permitido una mayor concientización sobre la necesidad de informarse y prepararse ante los riesgos, así como el despliegue de capacidades de gestión en la atención de desastres cuando suceden los eventos, con una participación importante de voluntarios que se encuentran cerca de los acontecimientos, así como con la participación en el suministro y distribución de ayudas desde todos los lugares del país.

Especialistas sugieren que es pertinente brindar apoyos no sólo a nivel de la reconstrucción de los daños materiales, sino también en cuanto a la salud psicosocial de las comunidades, con el fin de acelerar la transición desde la vivencia de la experiencia trágica hacia la resiliencia.

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