Cuando pensamos en el agua, solemos relacionarla con lo cotidiano: beberla, preparar alimentos, ducharnos o regar cultivos. Sin embargo, este recurso cumple un papel crucial: la generación hidráulica hoy tiene una participación de más del 53% en la matriz eléctrica nacional, que hace referencia al conjunto de todas las fuentes que se emplean en el país para producir electricidad.
En Colombia, una parte importante de la energía eléctrica proviene de centrales hidroeléctricas; para producirla, el agua de los ríos es almacenada en embalses y posteriormente utilizada para mover las turbinas de las centrales. Por eso, en temporadas de baja hidrología, cuando las lluvias escasean durante periodos prolongados, el impacto trasciende a los ecosistemas y a la disponibilidad del líquido: repercute directamente en el sistema eléctrico nacional.
Ese es uno de los motivos por los cuales el comportamiento del recurso hídrico merece atención, especialmente ante la llegada de El Niño.
De las reservas a los hogares: la transformación de la fuerza del agua
Los embalses son depósitos artificiales construidos para aprovechar la topografía del territorio. Su función es almacenar agua para el abastecimiento poblacional y, en el sector energético, permitir la producción de electricidad.
De los 45 embalses con los que cuenta el país, XM reporta 24 dedicados a la generación hidroeléctrica, distribuidos en los departamentos de Antioquia, Boyacá, Cundinamarca, Huila, Santander, Tolima y Valle del Cauca. La premisa es sencilla: si hay caudal disponible, existe la materia prima para abastecer a las centrales.
Sin embargo, ese proceso tiene un límite. Durante temporadas de baja hidrología, los niveles de almacenamiento comienzan a descender; a menor volumen aprovechable, mayor es el reto para mantener el equilibrio del sistema.
Las cifras permiten dimensionarlo. Según datos de la Unidad de Planeación Minero Energética (UPME), en agosto de 2026 la generación hidráulica rondó los 148 GWh diarios. En condiciones óptimas, este indicador puede alcanzar cerca de 208 GWh al día, mientras que en escenarios críticos de sequía podría reducirse a unos 78 GWh diarios.
Un embalse no debe mirarse como un simple lago. Cada variación en sus reservas genera consecuencias en la manera en que se produce y administra la energía del país.
El agua que vemos frente a la que necesita el sistema
No toda el agua almacenada en un embalse puede considerarse automáticamente disponible para generar electricidad. Existe una diferencia técnica entre el volumen total almacenado en el Sistema Interconectado Nacional (SIN) y el volumen útil apto para la generación. La distinción está asociada a otros usos prioritarios y exigencias ambientales, por lo que no se contabiliza para mover turbinas.
Esto explica por qué evaluar únicamente qué tan lleno está un embalse resulta engañoso. El sector energético requiere precisar la cantidad de líquido realmente operativo según las condiciones técnicas de cada planta. Además, no existe un porcentaje estándar que determine cuándo un complejo deja de operar, pues cada infraestructura cuenta con parámetros de funcionamiento propios.

El desafío de El Niño y el respaldo de la matriz
Este fenómeno climático altera los patrones de precipitación y genera periodos secos en buena parte del territorio colombiano. Al disminuir las lluvias, caen los aportes de los ríos hacia los embalses y disminuyen sus niveles. La situación se complica cuando esa condición se prolonga o se combina con temperaturas elevadas y otros factores asociados al cambio climático; en esos escenarios el agua disponible para la generación adquiere todavía más valor.
Aun así, el país cuenta con la ventaja de una matriz en proceso de diversificación. Además de las hidroeléctricas, el sistema integra fuentes térmicas, solares y parques eólicos en fase de pruebas. Ante condiciones de menor disponibilidad de agua, estas alternativas ayudan a respaldar el suministro y brindan confiabilidad al parque energético.
Desde la Comisión Asesora de Coordinación y Seguimiento de la Situación Energética (CACSSE), liderada por el Ministerio de Minas y Energía, se presentó una hoja de ruta con 53 medidas para enfrentar el Fenómeno de El Niño, que se centran en vigilancia y control, mayor generación, ahorro, regulación y uso eficiente de la energía; además, sumado a un monitoreo intensificado de la infraestructura eléctrica.
Eficiencia energética desde el hogar
Al hablar de seguridad energética, se tiende a pensar que la responsabilidad recae exclusivamente en las centrales, las empresas generadoras o las autoridades regulatorias, pero una parte fundamental de la estrategia transcurre en los hogares.
Adoptar prácticas de consumo consciente evita el desperdicio. Acciones cotidianas multiplicadas por millones de usuarios reducen la presión sobre el sistema eléctrico. Cuidar la energía es otra forma de proteger el agua porque un consumo responsable permite que los embalses gestionen mejor sus reservas durante las etapas hidrológicas desfavorables.
Cuidar el agua es mucho más que proteger un recurso
Los embalses representan una pieza clave de la infraestructura nacional, pero el agua que contienen sostiene también a los ecosistemas y comunidades que dependen de él. El ahorro no se limita a cerrar la llave, implica reconocer el valor de este recurso en la producción de alimentos, el consumo potable y la sostenibilidad energética.

Los registros históricos demuestran que los embalses pueden registrar mínimos en temporadas críticas, como el 28,56 % reportado en abril de 2024. Frente a la variabilidad del clima y el monitoreo permanente de las reservas, la acción más directa está en el consumo responsable; cada gota, cada kilovatio y cada decisión individual cuenta.