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Héroes de lo cotidiano
Héroes de lo cotidiano. Fotografías cortesía de Vannesa Giraldo, Julián Giraldo y Héctor Hernández

Colombia encontró el heroísmo en lo cotidiano

Mientras Colombia intentaba dimensionar la tragedia tras el terremoto del 10 de agosto, ciudadanos del común encontraron en sus oficios una manera de responder. Rescatar animales, escuchar voces bajo los escombros o convertir un tatuaje en ayuda humanitaria, estas fueron algunas de las formas con las que una comunidad golpeada decidió levantarse desde la solidaridad.

Cuando la tierra dejó de moverse, comenzó otro movimiento. No tuvo epicentro, ocurrió en las calles, entre edificios heridos, grupos de WhatsApp y personas que, sin haber sido entrenadas para enfrentar una emergencia de esa magnitud, encontraron la manera de actuar y hacer la diferencia.

El terremoto del 10 de agosto alteró la cotidianidad de miles de colombianos y nació una fuerza menos visible que la de los organismos de socorro, pero fundamental para comenzar a reconstruir la vida. 

Comenzaron a surgir héroes diferentes a los que encontramos en las películas o los cómics, eran ciudadanos del común. Personas cuyos oficios, conocimientos o experiencias parecían pertenecer a mundos completamente distintos al de una catástrofe, que entendieron que aquello que sabían hacer podía servir para alguien más.

Sus historias hablan de la tragedia, de lo que ocurrió después de ella, pero sobre todo hablan de un país que encontró maneras distintas de ponerse de pie.

Los animales también son familia

En la casa de Héctor Hernández estaban 24 perros, seis marranitos, su esposa y él, cuando comenzó el terremoto.

En medio del caos y fallas en las comunicaciones, comenzaron a aparecer reportes de animales perdidos, heridos o atrapados. Ese era un terreno que conocía, porque rescatar animales vulnerables ya hacía parte de la vida cotidiana. Lo extraordinario fue la magnitud.

Foto: Héctor Hernández

“Desde el minuto 1, empezamos a estar muy pendiente de todos estos animales de compañía que la estaban pasando mal”, recuerda Héctor. Para él, aquella labor tenía una razón sencilla “darles una voz, darles una cara y trabajar por ellos es nuestra responsabilidad”.

Con el paso de los días llegaron decenas de casos. Animales que habían escapado durante el terremoto, gatos escondidos en edificios con riesgo de colapso, perros encontrados desorientados en las calles, familias que habían perdido su vivienda y solo pedían volver a encontrarse con el animal que hacía parte de su hogar.

Héctor recuerda especialmente a Mimi. Su cuidadora era una mujer de 77 años que había sido evacuada de un edificio y no podía regresar por problemas médicos. La gata se había quedado adentro. El equipo ingresó varias veces sin encontrarla hasta que decidió instalar una trampa. Cinco o seis días después del terremoto, Mimi apareció. La imagen que quedó no fue la del edificio averiado, sino la del reencuentro.

Historias como esa permitieron entender que, en medio de una emergencia, acompañar también puede significar reconocer aquello que para otra persona representa familia. “Cuando tú encuentras a alguien que lo perdió todo y lo único que le falta es su animal de compañía para encontrar paz en medio del caos, tú le das esa prioridad”, menciona. Así, el rescate animal se convirtió en otra forma de reconstrucción.

De la misma manera, Johan Cardona encontró en la tecnología una forma de sumarse a la búsqueda. Apenas tres días después del terremoto lanzó el Portal Sabueso, una aplicación creada para ayudar a localizar animales perdidos y facilitar su regreso a casa. 

A la fecha, 248 mascotas han sido publicadas en la plataforma, 30 lograron reencontrarse con sus dueños y otras 62 fueron encontradas por ciudadanos, aunque todavía no ha sido posible identificar a sus familias. La herramienta, que además registra animales en adopción, incorpora inteligencia artificial para agilizar la lectura de pósters y un sistema de alertas por proximidad cuando el usuario habilita la ubicación de su celular. Así, en medio de ciudades que buscan reunir lo que el terremoto había separado, un celular se convirtió en una herramienta para ayudar a reunir familias.

Portal Sabueso

El sonido que encendió la esperanza

En un lugar diferente, pero atravesado por el mismo contexto, estaba Julián Giraldo trabajando con el sonido.

Micrófonos, grabadoras y demás herramientas tecnológicas pertenecían a un universo relacionado con la creación. Después del terremoto, esos mismos instrumentos comenzaron a cumplir una función que ninguno había imaginado. Encontrar vida entre los escombros.

Junto a un equipo de personas del sector audiovisual empezaron a coordinarse para tratar de ubicar voces y ruidos provenientes de estructuras colapsadas. La iniciativa creció hasta reunir alrededor de medio centenar de personas procedentes de distintas ciudades. Cada una ofrecía lo que tenía a mano.

Así comenzó a tomar forma una pequeña comunidad que se distribuía de acuerdo con las necesidades reportadas en los lugares de búsqueda.

Cuando llegaban a una zona, esperaban la indicación de Bomberos, Cruz Roja o Defensa Civil. Después ingresaban varios sonidistas y se ubicaban en puntos diferentes. Con equipos intentaban determinar de dónde provenía un golpe, un grito o cualquier señal que pudiera indicar que alguien estaba allí, logrando delimitar las zonas para búsquedas más efectivas.

Foto: Julián Giraldo

En medio de esas jornadas, Julián desarrolló además una aplicación llamada Thermal Rescue Scanner, pensada para apoyar las búsquedas en espacios pequeños, oscuros y de difícil acceso.

Una habilidad utilizada hasta entonces para producir música o contenidos multimedia pudo convertirse en la diferencia entre pasar de largo o detener una búsqueda. “Fue terrorífico, pero lo que intentamos hacer desde nuestros talentos y de nuestros conocimientos, era ayudar y aportar” menciona Julián al recordar los días de búsqueda.

Su manera de escuchar se transformó, comenzó a diferenciar entre sonidos que antes podían pasar inadvertidos, un golpe seco, una caída, el agua atravesando tuberías o algo que podía provenir de una persona atrapada. Los canales de audio permitían disminuir ciertos ruidos para intentar encontrar, al fondo, una voz.

Nada de esto convirtió a los sonidistas en organismos de rescate, pero sí en ciudadanos capaces de reconocer que su oficio también podía ponerse al servicio de una emergencia, de esta manera personas acostumbradas a escuchar para crear comenzaron a hacerlo para encontrar.

Una ciudad que decidió llevar su memoria en la piel

El choque de realidades también desató diferentes formas de ayudar. Vannesa Giraldo, reconocida tatuadora del eje cafetero recuerda “esa mezcla de emociones donde tú no sabes si está bien sentirse bien o deberías sentirte mal”.

Cuando ingenieros confirmaron que el estudio donde trabaja se podía habitar con seguridad, apareció una pregunta que hizo la diferencia, ¿qué hacer con la fortuna de seguir en pie?

Vannesa y su equipo diseñaron una campaña en la que las personas pueden tatuarse piezas relacionadas con Pereira, Colombia y la fuerza que surgió después del terremoto como acto de solidaridad, ya que los recursos son destinados a personas afectadas por la emergencia y a comunidades que ya enfrentaban condiciones de vulnerabilidad desde antes.

Los tatuajes cuestan entre $100.000 y $200.000 y la propuesta incluye alianzas con marcas locales que ofrecen bonos a quienes participan. La intención es crear una cadena en la que ayudar también se reactive la economía local.

Pero había algo más detrás de la campaña, la memoria. Vanessa entiende el tatuaje como un ritual, una manera de llevar en el cuerpo momentos, personas o emociones que alguien no quiere olvidar. Después del terremoto, esa memoria dejó de ser exclusivamente individual.

“Y ese detalle de hacerme algo en mi cuerpo, representativo a la empatía que tengo por mi país, por mi ciudad, por mi gente, por levantarla de nuevo, por hacer parte de esa reconstrucción. Llevarla en la piel, para mí, simbólicamente, significa un montón”, explicó.

Foto: Kannves Studio

Los diseños no buscan reproducir la tragedia, representan la capacidad de levantarse; para Vanessa, allí también existe una forma de narrar la ciudad. “Es que Pereira es de gente pujante”, afirmó al explicar el sentido de las piezas creadas por el estudio.

La campaña nació inicialmente para mantenerse durante tres meses. No solo porque las necesidades permanecen mucho después de que disminuye la atención pública, sino porque reconstruir requiere tiempo.

Ese quizás sea uno de los aprendizajes que atraviesa las tres historias. La emergencia no termina cuando dejan de caer edificios, continúa cuando una comunidad intenta entender qué hacer con aquello que sobrevivió, es ahí cuando lo cotidiano se convierte en algo extraordinario.

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