¿Cuándo fue la última vez que leíste un libro completo sin revisar el teléfono? La pregunta no busca medir cuántos títulos terminaste ni convertir la lectura en una competencia, apunta a algo más cotidiano: la dificultad de mantener la atención en un texto durante varios minutos sin responder una notificación, abrir una red social o saltar a otra pantalla.
La escena ocurre en cualquier lugar, como cuando una persona abre una novela en el transporte y pocos minutos después consulta un mensaje o cuando alguien comienza un ensayo antes de dormir y termina revisando videos. La hiperconexión no eliminó el acceso a los libros, pero sí modificó las condiciones en las que muchas personas los leen.
¿Qué es la lectura profunda y por qué importa?
La lectura profunda requiere concentración sostenida, comprensión, memoria y capacidad para relacionar ideas. No depende de que el texto esté impreso, también puede ocurrir en una tablet o un computador cuando hay tiempo, propósito y pocas interrupciones.
La diferencia está en el tipo de atención. En una lectura fragmentada, el lector escanea titulares y salta entre enlaces. En una lectura profunda, permanece en el mismo argumento, vuelve sobre una frase y relaciona ideas. Esa continuidad ayuda a estudiar, interpretar una obra, entender un problema o formar una opinión propia.
El debate no consiste en afirmar que toda pantalla perjudica la comprensión. El punto es que los dispositivos concentran funciones diferentes en un mismo lugar: permiten leer, comunicarse, comprar, trabajar y entretenerse. Cuando todas esas actividades compiten al mismo tiempo, leer un texto complejo requiere un esfuerzo adicional de concentración.
¿Leer en papel ayuda a comprender mejor?
Un metaanálisis publicado en Computers & Education revisó 17 estudios sobre lectura en pantalla y en papel. Halló una ventaja del papel en comprensión, pero no diferencias significativas en velocidad de lectura. También señaló que esa diferencia podía disminuir con el tiempo y que era necesario considerar factores como el tipo de pantalla, el texto y las condiciones de lectura.
La evidencia no justifica presentar el libro físico como la única forma válida de leer, lo que sí sugiere es que, para textos extensos o exigentes, conviene reducir las interrupciones y elegir el formato que favorezca la concentración. A veces será un libro; en otras, una pantalla en modo lectura, sin alertas ni ventanas abiertas.
El libro físico tiene una ventaja práctica: no suele interrumpir al lector con mensajes ni recomendaciones. Esa característica puede facilitar la continuidad, especialmente cuando la persona está cansada o necesita estudiar. Pero el papel tampoco produce concentración de manera automática. Leer una página mientras se piensa en diez asuntos pendientes sigue siendo una lectura difícil.

La desconexión no es solo una decisión individual
Recomendar que todo el mundo apague el teléfono puede sonar sencillo desde una habitación tranquila, pero no considera que para muchas personas el dispositivo es también una herramienta de trabajo, estudio, transporte, comunicación y acceso a la información. Hay quienes deben responder mensajes fuera del horario laboral o permanecer disponibles por razones económicas y familiares.
Por eso conviene evitar la idea de que la desconexión es únicamente una decisión individual. La atención también está relacionada con el tiempo disponible, las condiciones laborales, el acceso a bibliotecas y la posibilidad de contar con un espacio silencioso. Leer en papel puede ser una opción útil, pero no debería convertirse en una marca de superioridad cultural ni en una exigencia imposible para quienes tienen menos tiempo y recursos.
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¿Cómo empezar el hábito de lectura profunda?
La propuesta de leer 15 páginas diarias funciona porque establece una meta concreta. No exige terminar un libro en pocos días ni dedicar horas que muchas personas no tienen. Puede ocupar entre veinte y treinta minutos, según el texto y el ritmo de cada lector.
Según un estudio de la University College London, formar un hábito puede tomar entre 18 y 254 días, con un promedio de 66 días. En el caso de la lectura, la clave no está en la cantidad de páginas, sino en la constancia. Leer 15 páginas diarias durante dos meses es suficiente para que el cerebro comience a asociar ese momento con una recompensa: la satisfacción de avanzar en un libro, el placer de entender una idea o simplemente el alivio de desconectarse por un rato.
No se trata de llegar a los 66 días como una meta rígida. El hábito se construye cuando la acción se repite sin necesidad de fuerza de voluntad constante. Por eso, empezar con una meta pequeña y realista es más efectivo que intentar leer dos horas seguidas el primer día.
Empieza con una meta pequeña
El primer paso es elegir un libro que realmente despierte interés. Si 15 páginas resultan demasiado, empezar con cinco también es válido. La prioridad es construir una rutina que pueda repetirse.
Elige un momento del día
La consistencia es más importante que la duración. Leer 15 páginas todos los días a la misma hora ayuda al cerebro a anticipar la actividad y reducir la resistencia inicial. Puede ser justo después del desayuno, en el transporte público o los diez minutos antes de apagar la luz.
Aleja las distracciones
En ese momento, el teléfono puede quedar en silencio o fuera del alcance. Si lees en digital, activa el modo lectura y cierra las demás aplicaciones. El objetivo es que ese espacio de tiempo esté dedicado exclusivamente al texto.

Compartir lo leído ayuda a sostener el hábito. Una conversación con amigos, un club de lectura o una recomendación pueden convertir la lectura individual en una práctica cultural. También permiten comprobar que leer no consiste solo en acumular títulos, sino en discutir ideas, descubrir perspectivas y relacionar los libros con la vida cotidiana.
No hay una cifra mágica que resuelva la dispersión. Leer 15 páginas no sustituye el descanso, la educación ni unas condiciones de vida que permitan disponer de tiempo, pero puede crear un espacio diario con menos interrupciones.
El objetivo no es abandonar la tecnología ni idealizar el pasado, es decidir cuándo una pantalla sirve para leer y cuándo está diseñada para llevarnos a otra cosa. La lectura profunda comienza con esa decisión: reservar unos minutos, elegir un texto y permanecer en él hasta el final de la página.
En un entorno donde la atención tiene valor económico y las plataformas compiten por ella, leer puede ser una forma sencilla de recuperar autonomía, lo importante es volver a experimentar qué ocurre cuando una idea tiene tiempo suficiente para desarrollarse.