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Foto: Carlos Mario Lema.

“Lo único bueno de la juventud es que con el tiempo se quita”: Juan Manuel Roca

Por: Richard Hernández.

Durante la pandemia el arte ha sido golpeado fuertemente. Algunos sectores grandes de la cultura, como la industria cinematográfica y editorial, se han visto perjudicados por el Covid-19. Muchos escenarios culturales fueron los primeros en cerrar y quizá serán los últimos en abrir.

“Uno de los cometidos de los libros, desde el ámbito del humanismo, es la congregación de las personas a su alrededor. La actual es una congregación bastante fantasmal y fría, porque no es lo mismo estar viendo a la persona directamente en su gestualidad y en su manera de expresarse, que a través de un medio virtual”, señala el poeta colombiano Juan Manuel Roca, refiriéndose a la Feria Internacional del Libro de Bogotá, que este año se llevó a cabo por internet.

Al maestro Juan Manuel Roca, doctor honoris causa de la Universidad Nacional de Colombia y de la Universidad del Valle, crítico de arte, ganador de diversos premios de poesía, la pandemia también le frenó la oportunidad de dar a conocer su más reciente obra ‘Cartas a ninguém’.

“Un libro que, ante los gajes de la pandemia, reposa por ahora en los anaqueles de muchas librerías de Macondo y en el correo del azar”, comenta el poeta quien también en estos tiempos de confinamiento escribió ‘Diario de un anarco-dependiente’, el cual terminó el pasado 17 de junio con el escrito ‘Poesía en tiempos de pandemia’. Con él tuvimos la oportunidad de conversar sobre su nuevo libro de poemas y el mencionado diario.

¿De qué se trata su libro ‘Cartas a ninguém’?

Escogí este título abusando un poco del exotismo de la palabra “ninguém” que quiere decir nadie en portugués. No lo hice por esnobismo o porque sepa portugués (que no lo sé), sino porque tengo un libro que se llama “Las Hipótesis de nadie” y no quería repetir la palabra nadie en esta obra.

Son cartas o poemas que tienen un tono de misiva a aquellos autores que me gustan mucho, en el ámbito de la creación, ya sea en el arte de la pintura, la música, o la poesía. Pero también van dirigidas a personajes imaginarios o fabulados desde la literatura.

Hay cartas por ejemplo al cónsul, ese personaje fabuloso del libro “Bajo el volcán” de Malcolm Lowry, una novela que me gusta tanto. Hay una carta al capitán Ahab el ballenero del libro “Moby Dick” de Herman Melville. A personajes fabulados que desempeñan un oficio, como por ejemplo un viejo boxeador a punto del retiro, o una carta a los personajes de “Pedro Páramo” de Juan Rulfo, que se titula “Rumbo a Comala. 

También hay algunas cartas al país en sus aspectos más cruentos, más violentos, realizadas como una manera también de exorcizar la violencia que nos ha tocado, en mala suerte, padecer durante tantos años. El libro en general tiene un carácter epistolar.

¿Qué mensaje “polizón”, como usted lo denomina, le envió en “Cartas a ninguém” a Juan Rulfo?

[Risas] Rulfo para mí ha sido un autor de cabecera. Yo creo que hay libros que son como una prótesis que nos ayuda andar por ese camino tan pedregoso que nos ha tocado vivir, en un siglo tan convulso y en todas las épocas. 

Particularmente Rulfo es una persona que, hablando desde un reino de fantasmas, de nadies, de ninguém o de ninguno, acompaña mucho porque es una soledad acompañada de la que nos hace partícipes. Juan Rulfo escribió un solo poema titulado “Poema cinematográfico”. Con el libro “Pedro paramo” uno no deja de concluir que Rulfo es el más grande poeta que ha dado México.

Tal vez desde la época prehispánica con ese gran poeta llamado Nezahualcóyotl, podemos dar un brinco muy largo hasta llegar a Juan Rulfo. Sin desconocer que haya otros poetas mexicanos de gran trascendencia, realmente la poética de Rulfo me resulta incomparable. Yo diría que, en América Latina, en la prosa, no hay un poeta mayor que él. 

Hay poetas de la narrativa como por ejemplo el escritor brasileño João Guimarães Rosa o el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, con su poética de la amargura, de la desolación, pero ninguno me resulta más poeta que Juan Rulfo. Por eso le escribí una carta en el libro, como si fuera la gratitud de un fantasma.

Al comienzo de la pandemia usted comenzó a escribir ‘Diario de un anarco-dependiente en cuarentena’ ¿cómo es ser un anarco-dependiente? 

Es irónico: quienes quieren o creemos tener un pensamiento libertario, anarquista, en el sentido de que no nos complace ningún gobierno, a pesar de que la realidad no es verbal, nos manifestamos de la manera más libre posible. Pero lamentablemente debemos reconocer, y por eso la ironía del anarco-dependiente, que si hay algo que no deba depender de nadie, es el pensamiento anarquista y sin embargo estamos obligados a la inmovilidad de la pandemia.

Aquí estoy guardado, porque no puedo salir, y no solo por una conciencia individual, sino también por una colectiva: nos tocó esto para, supuestamente, no contaminarnos. Entonces es una burla contra mí mismo ¿porque cómo puede ser uno anarquista y dependiente al mismo tiempo?

El diario usted lo comenzó con una reflexión sobre los viejos a raíz de un comentario que hicieron la alcaldesa de Bogotá y el presidente Duque sobre ellos.

Es la fosilización del pensamiento de una sociedad. Quien tiene envejecido el cerebro es el que piensa que, a determinada edad las personas no tienen un razonamiento, cuando lo que tienen es mucho más experiencia, mucho más reposo para mirar las cosas.

Yo creo que a un viejo hay que mirarlo por el otro lado del catalejo, Un viejo no es un hombre decrépito, sino alguien que tiene mucha juventud acumulada. Yo me siento más joven porque la cronología no implica falta de inteligencia o vitalidad. Lo único bueno de la juventud es que eso con el tiempo se quita.

Maestro, también hay un homenaje a la cama, que actualmente ha cobrado más importancia.

El ocio es una de las cosas más importantes, así lo entendió el gran anarquista Paul Lafargue (yerno de Karl Marx), que escribió “El derecho a la pereza”. Realmente hay un ocio creativo que son las artes, contrarias al ocio patronal, que es el de los burócratas. Sin el ocio creativo no existe al arte y qué mayor emblema para el ocio creativo que la cama. Yo les digo a mis amigos comunistas que la palabra camarada debe venir de cama.

La cama es lo más inspirador que hay y los momentos de ocio son los más importante de una sociedad. Pues hay que ver todas las batallas para no trabajar más de 8 horas, para ganarle a la doble moral burguesa el espacio para pensar, fabular, soñar, amar, y nada más maravilloso que la cama para todo eso. 

“El derecho a la pereza”, de Lafargue, habla muy bien de cómo mordisquearle al mundo laboral, un tiempo para la ensoñación, así sea solo para dedicarse a contar nubes. Eso es mucho más importante que la actividad humana cotidiana, a través de la cual nos explotan.

El humor negro se convierte en un arma para soportar tragedias

Yo creo que el tope de una cultura es el humor y que, en sociedades refractarias al él como la nuestra, nos defendemos a punta de chistes contra las adversidades. Generalmente en las artes los colombianos somos muy solemnes, lo mismo en la poesía que en la narrativa.

Aquí hubo un antologista muy bueno en la poesía colombiana que fue Andrés Holguín. Pero en el prólogo que hace a los dos tomos de poesía colombiana, no se permite abordar con humor la poesía y más bien lo condena. Por eso nuestra poesía es solemne, acartonada y conservadora.

Yo creo que el humor nos ayuda a formar una resistencia espiritual. Si no logramos burlarnos de nosotros mismos (yo lo intento, por eso digo que soy anarco-dependiente), entonces no podemos burlarnos de los demás. Esto permite el arte para ironizar y caricaturizar los pases hipnóticos de una sociedad autocrática y mediocre como la nuestra. 

Si no es por el humor, que es una válvula de escape que va al unísono con una preocupación ontológica por el ser y de todo lo filosófico, estaríamos perdidos. 

Sin el humor, adiós Cervantes, adiós Quevedo, adiós a los patafísicos franceses, adiós a Nietzsche. Además, el humor negro que es el mayor de los humores para mi gusto, lo que hace es disolver la idea de estatua rígida que tenemos de los héroes y de los grandes prohombres de la historia.

El humor, como decía Georges Bataille, es la mosca en la nariz del orador. No hay nada más solemne que un orador, pero que de pronto se le pare una mosca en la nariz, es la caricatura del que no está hablando nada o de quien está hablando algo cercano a la coprofagia y por eso las moscas se le posan.

¿Qué le ha quitado esta pandemia? ¿Qué es lo que más extraña?

Yo soy muy de la calle. A mí me gusta el encuentro con los amigos. Aunque soy muy solitario también. A los que menos peor nos ha ido, es a los que tenemos una relación disfuncional con la realidad, como los escritores, los pintores y los músicos, porque la realidad inmediata a veces se nos escapa por estar en otras ensoñaciones. Por eso son oficios de solitarios.

Entonces no me ha dado duro en ese sentido. La música ha sido la gran compañía en esta pandemia. Uno piensa en los sacerdotes y en los monaguillos que bambolean un incensario para limpiar el espacio de una iglesia. No hay nada que limpie más una casa que la música.

Todo eso es maravilloso vivirlo, pero me hace falta caminar pues me agrada mucho. Además, quiero y me gusta Bogotá a pesar de sus horrores y de que mucha gente no le halle gracia. A esta ciudad hay que descubrirla toda, lo que pasa es que no es una belleza que se encuentre y se entregue fácil. 

Es como el cuento “Piel de asno” de Charles Perrault donde, debajo de la piel hirsuta del animal, hay belleza. Esa Bogotá, tiene una cosa oculta, pero si uno penetra en ciertas frecuencias de ella, se enamora perdidamente. 

Yo no quisiera irme a vivir a otra ciudad. Me amputan la ciudad, me amputan la calle, me amputan el parque, el cafecito donde voy a hablar con los amigos. Pues la verdad, sí es la parte que echo de menos en este aislamiento.

Algunos dicen que esta pandemia va a generar un cambio en la gente y en las costumbres.

Primero vamos a salir todos hechos unos maestros en introspección, porque no tenemos otra cosa que mirarnos el ombligo. Pero también vamos a salir (ojalá fuéramos muchos), refractarios a los excesos, al consumismo tonto, a dejarnos estimular por el “neo-riquismo”, donde el que más cosas tiene, más rico es. Siempre he pensado que hay gente tan pobre que lo único que tiene es dinero, esa es una gran pobreza. 

En otros aspectos vamos a salir peor librados porque los poderosos ya probaron autocráticamente que gracias a una enfermedad nos pueden llenar de miedo, nos pueden aislar, evitar el contacto colectivo. Veníamos de una racha de marchas extraordinarias en América Latina y en todo el mundo, y pasamos de vivir codo a codo con la gente de diferentes estratos sociales, a tenerle miedo al otro porque nos puede contagiar. Yo creo que todo eso lo aprovechan estos gobiernos autocráticos, dirigido por ineptos.