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Juan Frío: víctimas defienden la memoria y la paz frente al nuevo gobierno

En Norte de Santander, víctimas del conflicto armado piden al nuevo gobierno la continuidad del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición (SIVJRNR), clave para preservar la memoria en esta zona del país.

Quince minutos y una carretera que todavía se resiste a ser completamente pavimentada separan al corregimiento Juan Frío del casco urbano de Villa del Rosario. A un costado, el río Táchira marca la frontera con Venezuela y acompaña el ritmo de una comunidad que aprendió a levantarse sobre las ruinas de la guerra.

Las calles coloridas, las fachadas pintadas y los murales que evocan la memoria son hoy el reflejo de los procesos comunitarios que comenzaron a florecer desde 2013, cuando la comunidad fue reconocida como sujeto de reparación colectiva. En Juan Frío, el dolor no desapareció, pero encontró un lugar para ser nombrado.

Rudt Cotamo, líder de víctimas, recuerda que hubo una época en la que el silencio rondaba las calles y se instalaba en las conversaciones. "La gente no hablaba, el miedo era más fuerte", dice. Sin embargo, asegura que el corregimiento ha logrado levantarse. Las bodegas de alimentos para pollos de engorde, las gallinas, los cultivos de hortalizas y los estanques de pescado hacen parte de una economía que poco a poco se abrió camino entre las cicatrices de la violencia y hoy representan el sustento de muchas familias.

En septiembre del año 2000 cuando hombres del Frente Fronteras del Bloque Catatumbo de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) irrumpieron en este rincón

de la frontera para imponer la ley del miedo. "El silencio se podía oler en las calles", recuerda Rudt Cotamo. "Nos impusieron la ley y nosotros no teníamos ni voz, ni voto". La violencia convirtió las noches en eternas y obligó a la comunidad a convivir con el temor, las desapariciones y la incertidumbre.


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Durante años, el miedo se apoderó de las conversaciones y las historias quedaron atrapadas detrás de las puertas de las casas. Hablar era un riesgo. Preguntar también.

Once años después de la desmovilización de las estructuras paramilitares, la comunidad comenzó a reconstruir uno de los capítulos más oscuros del conflicto armado en Colombia. Los testimonios y los aportes a la verdad permitieron conocer las dimensiones del horror de los hornos crematorios utilizados por hombres al mando de Jorge Iván Laverde, conocido como "El Iguano", en un intento por desaparecer no solo los cuerpos de las víctimas, sino también la memoria de un territorio entero.

Desde 2013, Juan Frío inició un largo proceso de reparación colectiva. Mujeres, líderes comunitarios, jóvenes y sobrevivientes decidieron que el recuerdo no podía seguir siendo una carga silenciosa. La memoria se convirtió en una herramienta para sanar y para reconstruir el tejido social.

En ese camino de reconstrucción, la comunidad de Juan Frío ha participado activamente en los procesos humanitarios impulsados por la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, la Jurisdicción Especial para la Paz y la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad.

Ese diálogo entre el territorio, víctimas y victimarios dejó uno de los legados más significativos para el corregimiento: el libro Ladrillo: Memoria, dignidad y

reconocimiento, una obra construida desde las voces del territorio que permitió preservar las historias de quienes padecieron la violencia y fortalecer la memoria colectiva como una herramienta para la verdad, la reparación y la no repetición.

Por eso, hoy, mientras Colombia inicia un nuevo periodo de gobierno, las víctimas de Juan Frío elevan una petición sencilla, pero profundamente significativa: que no se abandone el Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición.

No se trata únicamente de una estructura institucional. Para ellos, representa la posibilidad de seguir buscando respuestas y de evitar que la historia vuelva a repetirse.

Para víctimas como Rudt Cotamo, el Sistema Integral se transformó en un espacio fundamental para escudriñar en los relatos hasta encontrar esa verdad que narran los territorios y las comunidades. Una verdad que no está solamente en los expedientes judiciales, sino en la voz de quienes sobrevivieron, en los recuerdos que se niegan a desaparecer y en la convicción de que la paz también se construye preservando la memoria.

En Juan Frío, donde los ladridos de los perros rompían las noches, las lágrimas se confundían con el miedo y las botas de caucho sonaban a guerra, hoy ondea una bandera distinta. La de la memoria, la dignidad y la paz. Porque allí donde intentaron reducirlo todo al silencio y las cenizas, sus habitantes decidieron responder con verdad, aferrarse a la vida y demostrar que ningún horror es más fuerte que la esperanza de una comunidad que se niega a olvidar.

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