Doble carga laboral: la deuda social con las madres trabajadoras
Han pasado más de 100 años desde la proclamación del Día de la Madre. Una fecha que, más allá de la celebración, permite observar en perspectiva histórica de cómo ha cambiado (también cómo se ha sobrecargado) el rol de las mujeres en la sociedad. Lejos de ser una figura estática, la maternidad ha estado atravesada por transformaciones económicas, culturales y políticas que revelan una tensión constante: mientras se amplían los derechos y oportunidades, también se profundizan las exigencias.
En la década de los 60
La maternidad estaba fuertemente anclada al espacio doméstico. La vida de las mujeres giraba casi exclusivamente en torno al hogar y la crianza. Apenas dos de cada diez tenían un trabajo remunerado, y el acceso a la educación superior era limitado, pocas mujeres contaban con título universitario. Se casaban, entre los 20 y 24 años y tenían alrededor de cinco hijos, esto según el Centro Nacional de Investigación sobre la Familia y el Matrimonio (NCFMR), donde el rol materno implicaba no solo sostener el funcionamiento del hogar, sino garantizar el bienestar integral de cada integrante de la familia.
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Los años 70 marcaron un punto de inflexión
La masificación de la píldora anticonceptiva, incorporada a las políticas de salud pública desde 1967, abrió paso a la planificación familiar y a una incipiente autonomía reproductiva. La participación laboral femenina aumentó progresivamente, y comenzó a instalarse una discusión clave: el derecho de las mujeres a proyectar su vida más allá de la maternidad. Este cambio, no se trato de un hecho situado, sino parte de un movimiento global que cuestionó los mandatos tradicionales.
En los años 80
La crisis económica obligó a muchas mujeres a ingresar al mercado laboral. Su participación creció significativamente, aproximadamente un 26% de la fuerza de trabajo (En América Latina).Así lo respalda un estudio realizado por la CEPAL. Sin embargo, esta incorporación no implicó una redistribución de las tareas domésticas. Por el contrario, se consolidó una doble carga: trabajo remunerado fuera del hogar y trabajo no remunerado dentro de él. En paralelo, comenzaron a cambiar indicadores sociales: aumentaron los nacimientos fuera del matrimonio y las cesáreas se volvieron una práctica más frecuente.
Durante los años 90 y 2000
El acceso masivo de las mujeres a la educación superior transformó nuevamente el panorama. La maternidad comenzó a postergarse, disminuyó el tamaño de las familias y creció la participación femenina en el mercado laboral. No obstante, emergió con fuerza una problemática que persiste hasta hoy: la brecha salarial entre hombres y mujeres que realizan el mismo trabajo.
De acuerdo a un estudio del Departamento Nacional de Planeación (DNP),en los años 2000, la participación laboral de las mujeres, en Colombia, pasó del 47% en 1992 a un 55%, alcanzando cerca del 60% hacia finales de la siguiente década, consolidando un modelo de mujer que trabaja y sostiene un hogar simultáneamente. Sin embargo, esta ampliación de roles no fue acompañada por condiciones estructurales suficientes.
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Cifras actuales
Las cifras publicadas por el DANE revelan que:
- 9 de cada 10 mujeres en Colombia realizan trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, frente al 65,5% de los hombres. La carga del cuidado sigue recayendo principalmente sobre las mujeres.
- Los hogares encabezados por mujeres en las ciudades presentan un panorama más crítico: registran 40% más pobreza y 80% más pobreza extrema que aquellos dirigidos por hombres.
- En el primer trimestre de 2025, la tasa de desempleo femenino alcanzó el 13,9%, mientras que la de los hombres fue del 8,0%, evidenciando una brecha laboral persistente.
- En las zonas rurales, la desigualdad se profundiza: los hogares rurales liderados por mujeres son 40% más pobres que los hogares urbanos encabezados por mujeres, además de que las mujeres rurales destinan más tiempo a labores de cuidado no remunerado.
- El trabajo doméstico y de cuidado no remunerado representa el 26,3% del PIB colombiano, una cifra sostenida mayoritariamente por el trabajo invisible y no remunerado de las mujeres.
Este recorrido histórico muestra que la maternidad no se ha “aligerado” con el tiempo: se ha transformado en una experiencia cada vez más compleja, atravesada por exigencias múltiples y, muchas veces, contradictorias. La figura de la madre contemporánea ya no se limita al cuidado, pero tampoco ha dejado de cargar con él. El resultado es una sobreexigencia estructural que se naturaliza bajo discursos de sacrificio y amor incondicional.
En ese sentido, reducir el Día de la Madre a una celebración simbólica o al consumo de regalos resulta insuficiente e incluso problemático. La evidencia histórica es clara: el cuidado sigue siendo una responsabilidad feminizada, invisibilizada y precarizada.
La conclusión es inevitable y política: el cuidado materno no puede seguir siendo entendido como una tarea individual ni como una obligación natural de las mujeres. Es una responsabilidad social y colectiva. Esto implica transformar las condiciones materiales que sostienen la vida; redistribuir el trabajo doméstico, garantizar sistemas públicos de cuidado, cerrar brechas salariales y cuestionar un modelo económico que se sostiene, en gran medida, sobre el trabajo no remunerado de las mujeres. Reconocer el cuidado como un trabajo socialmente necesario es el primer paso para dejar de romantizar la maternidad y empezar a garantizarla con dignidad.