Reconocido como uno de los mayores referentes de la literatura del departamento del Cesar y la región Caribe, Luis Mizar Maestre nació en Valledupar en 1962. Mientras estudiaba Ingeniería Civil en la Universidad de Cartagena, entre 1985 y 1990, fue coordinador editorial de la revista Candil.
Se destacó como conferencista invitado a numerosos eventos literarios, ejerció la docencia en la Universidad Popular del Cesar como catedrático de Creación Literaria en la Facultad de Bellas Artes durante doce años.

En 1996 ganó el Concurso Nacional de Poesía Carlos Castro Saavedra de Medellín con su poemario Salmos Apócrifos. Acerca de este libro, Juan Manuel Roca afirmó: “Con una resonancia de poeta místico que nos recuerda a San Juan de la Cruz. Era una noticia festiva, ya no por un canto vallenato, sino por una nueva voz en el mapa de la mejor poesía colombiana actual”.
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Su bibliografía incluye 'Tardes tristes con testigos', 'Partituras en sepia para la maga' (2003); 'Bitácora del atisbador' (2006); 'Letanías del convaleciente' (2010); 'Briznas de la nada umbría' (2013).
Mizar falleció el 25 de agosto de 2015 por una enfermedad renal crónica y diabetes. La sala de Literatura de la Biblioteca Rafael Carrillo Lúquez y la biblioteca del colegio Enrique Pupo Martínez en Valledupar llevan su nombre.
Entretejiendo recuerdos
La periodista Alba Quintero destaca la manera de Luis Mizar al reflexionar sobre cualquier tema cotidiano: “Siempre con un mensaje, una enseñanza, hasta se burlaba de las cosas, de la vida, de la cotidianidad, fue una persona que vivió como pensó, no le importó el qué dirán, nunca se preocupó por lo que los demás pudieran pensar de su forma de hablar, de vestir, era irreverente, esa fue su principal característica”.
“Mizar hacía alta poesía, de mucha profundidad y contenido. Su obra merece ser más valorada. Las instituciones están en mora de difundir su obra, merece ser conocida por muchas generaciones porque tiene mucha sabiduría y valor poético y filosófico”, enfatiza la comunicadora.

“Mizar alcanzó a publicar seis libros. Para mí el que más relevancia logró, el sumun de su obra, es Letanías del convaleciente, que escribió mientras se reponía de una operación de la vista, él estaba prácticamente ciego al momento de morir. Conservo algunos de sus manuscritos que quedaron inéditos y espero escribir un libro sobre su vida”, dice Alba Quintero.
El legado de Mizar
José Atuesta Mindiola, docente y creador literario, señala que su entrañable amigo Luis Mizar “es un poeta interior, un poeta de esencia metafísica, un hombre reflexivo, dedicado de tiempo completo a la lectura, al diálogo, a aprender de los grandes maestros, de Borges, Eliot, Pessoa, Machado, de todos esos grandes maestros que despertaron en él la fiesta de la metáfora, la epifanía de la palabra”.
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Atuesta lo recuerda como “un hombre silencioso, pensador, que ya escribía sus primeros versos desde la escuela primaria, luego en el colegio nacional Loperena también se le recuerda como un estudiante no practicante de deportes, en sus descansos estaba siempre en la biblioteca, ese era el sitio preferido de Mizar”.
“Nos dejó una escuela, la de la pedagogía de los talleres de poesía, nos enseñó cómo se hace un taller, qué se aprende allí, qué podemos hacer, eso hace parte de su legado”, recalca José Atuesta Mindiola.
Antología de Luis Mizar
Cicatriz Adelantada
Un candil encendido en mis adentros le da advenimiento a la cicatriz que ha llegado primero al lozano cuerpo que la herida que habría de propinarme el futuro.
En el circo de mis afueras un domador devora a un tigre que habría de morir en un safari en el Congo africano. En mis adentros, candiles encendidos.
En mis afueras, domadores hambrientos.
Eh ahí el peligro que abrocha el abrigo de mi noche.
Salmo de la primera piedra
Señor puesto que yo soy todos los hombres
es justo que sea condenado
por haber arrojado la piedra
que golpeó el rostro del ángel
y volvió añicos el cielo creyéndome
(en un peregrino arrebato de santidad)
libre de la renga sombra de los pecados.
Rogativa por el néctar de ébano o Salmo de la cobija esquiva
Permite señor
que me cobije su tibieza
que mis manos se asomen a sus manos
que mis pies se enreden con sus pies
que el olor de su piel se aposente en mi piel.
Permite señor
que cese mi sana angustia
y yo pueda beber por siempre
el néctar de ébano
de los pechos de mi amada.